Author Archives: Rubén Mosquera

  • 0

NARANJAS Y CEREZAS

“¡Cuándo encontraré a mi media naranja!” “¿Dónde estará escondida?” “Es él, es mi media naranja”. Estas y otras frases se escuchan a diario en la calle, entre amigos y compañeros de trabajo. Pero no sólo en estos pequeños círculos aparecen teñidas de emociones tales como melancolía, tristeza o felicidad. Películas, series, entrevistas, libros…en cada uno de estos medios se ha buscado con incesante energía la persona que nos complete, la que nos haga sentir vivos y tranquilos a la vez, aquella que nos hace reír cuando queremos llorar y que nos desenfada con un solo gesto.
A esto se le ha logrado llamar media naranja.
Ahora bien, en la consulta he visto medias naranjas agarradas a otras medias por el miedo a no ser nadie, a quedarse simplemente en medio individuo, medio ente. Mis pacientes no me habrán escuchado nunca usar tal expresión pues si bien va ligada a conceptos hermosos como el amor y la complicidad, también esconde una dependencia que puede llegar a resultar dañina.
Aclaremos bien esta idea porque pareciera que estoy realizando un artículo en contra de la búsqueda del amor. No, en absoluto. El amor es un concepto con muchas aristas, algunas redondeadas y delicadas, otras cortantes y puntiagudas. Esa búsqueda incesante de todo ser humano, ese motor que nos mueve hacia un encuentro de nuestra otra mitad, ha de entenderse desde la perspectiva de la individualidad.
Me explico. La verdadera búsqueda ha de llevarse a cabo desde una buena salud mental, esto es, desde la sensación de una realización personal individual. Cada persona es un ente completo, con sus características positivas y menos positivas. Sus enfados, motivaciones, sentimientos y pensamientos. Sólo desde la tranquilidad de saberse uno mismo completo, se puede elegir la pareja con la que compartir –que no someter- su vida. En la elección de posibilidades está la esencia de la felicidad. Es la libertad la que otorga al individuo la capacidad de ser autónomo en sus propias decisiones.
Elegir porque quiero, no porque lo necesito.
De ahí mi negativa rotunda a hablar de medias partes, de medias naranjas o de medias lunas. Si se me permite y siguiendo la metáfora de las frutas, me gustaría compararlo con dos cerezas. Comparten espacio común, van juntas, están unidas por un rabito que se hace más grueso en la unión, se complementan perfectamente. Sin embargo, cada cereza es una fruta diferente, una entidad en sí misma, con sus características que la hacen ser completa. Si separas dos cerezas quedan huérfanas de compañera, pero aún así siguen siendo una cereza.
Aplicado a las situaciones conflictivas que he podido comprobar en terapia, la mayoría de parejas o exparejas las exponen como medias naranjas, como una necesidad acuciante ante la que no pueden resistirse. Porque si se quedan solas, ¿qué persona es sólo la mitad de algo? Y he ahí la clave del artículo. ¿Es posible tras una ruptura seguir siendo algo completo, digamos por ejemplo como una cereza? O sin embargo ¿nos quedamos en la mitad, sin tener una entidad única, un yo propio completo?. La contestación espero que sea clara, porque cada persona es alguien total, alguien que debe y puede salir hacia adelante.
Por último, pero no por ello menos importante, a veces las mitades de naranja están podridas por un golpe o por las condiciones que rodean a la fruta. Si dejamos que esa enfermedad avance, termina estropeando toda la naranja. Aguantar una relación por el miedo a quedarse solo es tan perjudicial como no cortar la parte golpeada de cualquier fruta. Sin embargo, con las cerezas no ocurre lo mismo. Pueden separarse, estar solas en su complejidad, y si bien no son capaces de volver a unirse, puede que ésa sea la diferencia sustancial con el ser humano.
Se puede volver a empezar desde la salud mental y la individualidad, no desde el miedo a la soledad.


  • 2

EMPATÍA INTRÍNSECA

Tags : 

La empatía es un constructo cuyo uso cada vez es más común entre la gente, lo que hace que aparezcan frases hechas como “no tienes empatía”, o “eres poco empático”. Sabemos que el significado más directo y sencillo es la capacidad para ponernos en el lugar del otro, sintiendo sus emociones y comprendiendo sus reacciones. Es un pilar tan básico de la psicología y de la vida cotidiana que si se usara con más frecuencia, reduciría drásticamente los daños e incomprensiones hacia los demás.
Por ello, tras varios años trabajando en la clínica privada, me he dado cuenta de que hay otro constructo, más sutil pero igual de dañino, que tiene sus raíces en la empatía que todos conocemos. Lo he logrado llamar “empatía intrínseca”, seguramente con el menor de los aciertos. Me gustaría explicaros un poco el significado de este término y la importancia que tiene en nuestra salud mental.
Uno de los anclajes más comunes de los problemas psicológicos es el no ser conscientes del momento presente. Siempre impulsados hacia un futuro incierto donde muchas veces nuestra creencia irracional sobre nuestros recursos merma la puesta en marcha de actividades y retos; y a la vez frenados por un pasado en el que nuestros considerados errores frenan la autoestima y seguridad que requiere un presente dinámico. Es en esta última parte donde aparece ese tipo de empatía que he llamado “intrínseca”.
El término intrínseco hace referencia a hechos, capacidades y refuerzos que se refieren a uno mismo, estrechamente relacionados con la personalidad, autoestima y motivación. Cada vez que un paciente acude a mi consulta con problemas de índole neurótica –véase depresión, ansiedad y cambios del estado de ánimo-, suele referir hitos clave en su vida pasada que cambiaría y desde los cuales su evolución ha sido cada vez más disfuncional. La inmensa mayoría querríamos cambiar decisiones tomadas, caminos elegidos tras una meditación infructuosa que nos han llevado al momento actual.
Lo que yo pido, prácticamente lo que exijo, es lo mismo que se pide constantemente hacia los demás: empatía. En este caso no es hacia otra persona, sino hacia uno mismo, hacia el Yo pasado de hace unos años, que tomó una decisión con la información y recursos que tenía en ese momento. Hay que comprender y empatizar con aquel chico de 20 años que dijo sí a fumar marihuana; a aquella de 28 que se casó con lo que pensó que era el amor de su vida.
“Si no hubiera hecho aquello…., hay que ser tonto o ciego, ahora lo haría diferente”. Esta es la frase más recurrente de muchos pacientes, y por ende de muchas personas en el ámbito más cotidiano. Es una manera muy sutil de autocastigo, una reprimenda a aquella persona que decidió aquello y que ha hecho que la vida no sean tan grata. Un peso muerto que nos atamos a los pies y nos hunde de manera sibilina en aguas mucho más oscuras y frías.
Debemos no sólo ponernos en el lugar de los demás, sino también en el de nosotros mismos en un pasado más o menos lejano. Se pide no juzgar a los demás sin entender su punto de vista y sus condicionantes. Pues bien, del mismo modo, debemos pedirnos no juzgarnos a nosotros mismos pasados unos años, con los conocimientos y recursos actuales. No es justo, ni es de justicia, y todos sabemos que la pena que uno se impone a sí mismo es mucho más severa que la que impondríamos a cualquier otra persona.


  • 0

SOBRE REFRANES Y DICHOS POPULARES

Tags : 

De todos es bien sabido que el refranero popular de cada cultura aporta un grado de experiencia que da explicación y sentido a muchas situaciones que acaecen durante nuestro día a día cotidiano. Sin embargo, algunos de ellos están anclados en un pasado no tan reciente que esconde de una manera sutil valores y creencias que servían para marcar estereotipos y mantener un cierto orden social, político y cultural.

Durante los años de experiencia en terapia, he podido contemplar cómo uno de ellos se repite machaconamente entre los vértices de nuestros esquemas cognitivos y modulan el comportamiento  presente y futuro. Me refiero al célebremente conocido y aceptado “Mejor lo malo conocido, que lo bueno por conocer”.

Relacionándolo con la psicología, este refrán popular nos insta a mantenernos en la denominada “Zona de Confort”. Esta región es única de cada ser humano, destinada a otorgar una comodidad más o menos ficticia a cada individuo. Si analizamos el dicho, nos apremia a quedarnos en el lugar en el que nos encontramos, en cualquier ámbito de nuestra vida: da igual tu trabajo, no cambies, cualquier cambio puede ser peor; aguanta a tu pareja, imagínate si ésta es mala, cómo será la siguiente; no protestes contra las injusticias o irá a peor.

Son pequeños ejemplos de cómo un simple refrán esconde una peligrosidad para la salud mental. Si estás depresivo o ansioso, sometido a un estrés en el trabajo constante o a un maltrato psicológico o físico por parte de tu pareja, no te atrevas a dar ese paso hacia adelante que pueda ofrecerte un cambio que sin duda necesitas. Quédate donde estás que, al menos, es lo que conoces y controlas.

Y es ese miedo a lo desconocido, a lo que creemos incontrolable y por ende dañino, lo que nutre la entidad del dicho que estamos analizando. Son muchos los pacientes que aun sin saberlo, siguen a rajatabla el mensaje del refrán, quedándose en un plano emocional conocido y sin la lógica, la valentía y la motivación para cambiar las cosas. De este modo la persona se queda inmóvil, esperando que algo ocurra que le empuje a salir de una zona controlada pero disfuncional.

Por poner una metáfora: es como vivir dentro de una burbuja, sin poder tocar nada, oler nada, sentir nada ni interactuar con nada. Sólo observar lo bonito del exterior, las risas de los demás, lo bonito del mundo. Estar en una zona de confort donde creer que nada de fuera puede dañarte, pero sin darse cuenta de que el daño es intrínseco a la persona y a su conducta.

Por supuesto, si esa zona de confort es positiva, donde el individuo se encuentre bien y feliz, no aplica ni el refrán ni lo escrito anteriormente. Cada uno percibe el bienestar de manera diferente, y no seré yo quien se atreva a crear un axioma sobre lo que debe ser la felicidad para cada persona.

Para terminar, y como contrapunto a este refrán que yo percibo como nocivo en la mayoría de las ocasiones, quiero dejar constancia de otra cita relacionada con este tema: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes” (atribuida a Rita Mae Brown).


  • 0

EL LASTRE DEL “LOQUERO” Y LA PREVENCIÓN

Tags : 

Incluso los amigos más allegados a mí me llaman de vez en cuando “loquero”. El estigma que ha caracterizado al psicólogo y que le ha hecho arrastrar una etiqueta convertida en tabú a través de décadas de un mal empleo de la palabra, ha tenido y tiene efectos muy perjudiciales para los propios pacientes.

Siempre me ha llamado la atención la diferenciación tan radical entre Psicología y psicólogo. La primera como ciencia está bien vista, relacionada con una buena salud mental, concepto al que se le ortorga gran relevancia en la vida global de una persona. Sin embargo, el psicólogo está visto como un curador de locos, una especie de chamán que emplea la palabra –aunque cada vez se añaden más herramientas como el biofeedback, la respiración controlada, el uso de imágenes- para conseguir una especie de curación milagrosa.

Desglosemos brevemente dos de los errores, sesgos y estereotipos que acompañan al psicólogo y que repercuten en la imagen que se tiene de su profesión.

El psicólogo trata locos. La afirmación más dura y errónea de todas las que se escuchan de manera cotidiana. La locura como definición más sencilla es la privación del uso de la razón y el buen juicio. En la actualidad se suele utilizar para los casos más graves del trastorno esquizofrénico y de algunos pacientes que padecen trastorno bipolar. Lo que yo me he encontrado en un 99% de las ocasiones son pacientes con un funcionamiento desadaptativo, con una dificultad para el afrontamiento de las demandas de su entorno. Los problemas de orden neurótico tales como la ansiedad en todas sus variantes o la depresión, no entran dentro de esa definición general de locura. El psicólogo no trata locos, sino personas con un comportamiento disfuncional que necesitan ayuda para lograr una buena salud mental y una correcta interacción con su entorno.

No creo en el psicólogo. Partiendo de la base de que puedo llegar a entender el escepticismo debido al gran número de orientaciones y a la importantísima parte personal y subjetiva que influye en la terapia, quiero recordar que la psicología es una ciencia. La experimentación es exhaustiva y muy controlada, y los efectos de las técnicas han sido comprobados con éxito en multitud de ocasiones. Ésta es una cuestión de gran relevancia, pues el modo de afrontamiento de las consultas por parte del paciente marca en gran medida la efectividad de la terapia. Si la actitud es de rechazo hacia el psicólogo y su labor, los efectos de la dinámica y las técnicas se verán disminuidos considerablemente. La psicología es una CIENCIA de la salud, demostrada y demostrable, con leyes y fundamentos teórico-prácticos.

Son dos de las frases más repetidas entre la población, lo que hace más complicado para la persona recurrir a un especialista para pedir ayuda. Es como si a un peso muerto le ayudaras a hundirse colocándole dos bolas de plomo en los tobillos. Sin duda abogo por la normalización del psicólogo y el respeto de una profesión tan antigua que no estaba ni etiquetada hasta hace un par de siglos.

Ahora bien, unamos estos problemas y tabús a algo mucho más acuciante: la necesidad de una psicología preventiva. La gran mayoría de las ciencias, especialmente las relacionadas con la salud física, se plantean tanto desde una perspectiva preventiva como una paliativa. Las mujeres acuden al ginecólogo y se hacen la prueba de mamografía una vez al año, para controlar la posibilidad de ocurrencia de un tumor. Revisiones dentales son muy recomendables cada cierto tiempo, para comprobar si hay infecciones, caries o simplemente para realizar una limpieza y blanqueamiento. Debemos realizarnos analíticas de sangre de manera regular, para mantener un control de todas las variables que puedan arrojar luz de algún problema en el organismo.

Todo eso es perfecto, recomendable y bien visto. ¿Acaso la salud mental es menos importante? Recordemos que no sólo los problemas psicológicos afectan a la vida social, emocional y cognitiva de la persona, sino que repercuten en la disminución de la resistencia del sistema inmunológico del individuo. Para ser claros con un ejemplo: a más estrés, más posibilidades de contraer una enfermedad. Por eso son tan importantes las herramientas para poder gestionar situaciones estresantes, para afrontar problemas cotidianos que parecen sobrepasar nuestros recursos, para hacer que nuestro día a día sea más funcional y nos aporte una salud mental óptima.

¿Acaso no acudimos al especialista si notamos un pequeño dolor, un pinchazo en una pierna, una diarrea abundante? Y yo me pregunto, ¿no sería lógico acudir a un psicólogo alguna vez si llevamos una temporada sobrepasados, si nuestro trabajo nos exige más de lo que podemos soportar, si nos cuesta levantarnos de la cama desde hace tiempo o si sufro algunos síntomas de ansiedad al conducir?

A mi consulta acceden pacientes de todo tipo y con toda clase de problemáticas. Pero en lo que suelen coincidir es en el enorme tiempo que llevan acarreando esos problemas. “Me pasa desde hace 5 años”, “Lo sufro desde hace 15 años” o “no recuerdo cuándo empecé a estar mal” son frases demasiado comunes.

Comparémoslo con una enfermedad terminal. Un cáncer detectado con tiempo aumenta exponencialmente la posibilidad de recuperación. Cuanto antes se detecte mejor para la persona porque podrá ser curado con una mejor previsión y una duración de tratamiento sensiblemente menor. En los problemas psicológicos, cuanto más tiempo se demore en acudir a un especialista, más complejo será el tratamiento y requerirá mucho más esfuerzo por parte del paciente y del terapeuta. Las pautas disfuncionales y desadaptativas que perjudican nuestro desempeño diario se anclan con fuerza en los repertorios básicos de conducta de cada persona, modificando los esquemas cognitivos y consolidando comportamientos que hacen que la persona se encuentre cada vez peor.

Llevo luchando para conseguir una psicología preventiva en los institutos y colegios, ya sea en forma de talleres o de asignatura. Pero no me refiero a conocer la Historia de la Psicología, sino a enseñar las técnicas y herramientas que aumenten los recursos de la persona ante las demandas cada vez más exigentes del medio. Creo que se reduciría de manera notoria el malestar que sufrimos en varias etapas de nuestra vida y se podría conocer los límites de nuestro cerebro, buscando una ayuda tan necesaria para la salud personal como la que pueda ofrecer un médico.