Tag Archives: Psicología

  • 2

EMPATÍA INTRÍNSECA

Tags : 

La empatía es un constructo cuyo uso cada vez es más común entre la gente, lo que hace que aparezcan frases hechas como “no tienes empatía”, o “eres poco empático”. Sabemos que el significado más directo y sencillo es la capacidad para ponernos en el lugar del otro, sintiendo sus emociones y comprendiendo sus reacciones. Es un pilar tan básico de la psicología y de la vida cotidiana que si se usara con más frecuencia, reduciría drásticamente los daños e incomprensiones hacia los demás.
Por ello, tras varios años trabajando en la clínica privada, me he dado cuenta de que hay otro constructo, más sutil pero igual de dañino, que tiene sus raíces en la empatía que todos conocemos. Lo he logrado llamar “empatía intrínseca”, seguramente con el menor de los aciertos. Me gustaría explicaros un poco el significado de este término y la importancia que tiene en nuestra salud mental.
Uno de los anclajes más comunes de los problemas psicológicos es el no ser conscientes del momento presente. Siempre impulsados hacia un futuro incierto donde muchas veces nuestra creencia irracional sobre nuestros recursos merma la puesta en marcha de actividades y retos; y a la vez frenados por un pasado en el que nuestros considerados errores frenan la autoestima y seguridad que requiere un presente dinámico. Es en esta última parte donde aparece ese tipo de empatía que he llamado “intrínseca”.
El término intrínseco hace referencia a hechos, capacidades y refuerzos que se refieren a uno mismo, estrechamente relacionados con la personalidad, autoestima y motivación. Cada vez que un paciente acude a mi consulta con problemas de índole neurótica –véase depresión, ansiedad y cambios del estado de ánimo-, suele referir hitos clave en su vida pasada que cambiaría y desde los cuales su evolución ha sido cada vez más disfuncional. La inmensa mayoría querríamos cambiar decisiones tomadas, caminos elegidos tras una meditación infructuosa que nos han llevado al momento actual.
Lo que yo pido, prácticamente lo que exijo, es lo mismo que se pide constantemente hacia los demás: empatía. En este caso no es hacia otra persona, sino hacia uno mismo, hacia el Yo pasado de hace unos años, que tomó una decisión con la información y recursos que tenía en ese momento. Hay que comprender y empatizar con aquel chico de 20 años que dijo sí a fumar marihuana; a aquella de 28 que se casó con lo que pensó que era el amor de su vida.
“Si no hubiera hecho aquello…., hay que ser tonto o ciego, ahora lo haría diferente”. Esta es la frase más recurrente de muchos pacientes, y por ende de muchas personas en el ámbito más cotidiano. Es una manera muy sutil de autocastigo, una reprimenda a aquella persona que decidió aquello y que ha hecho que la vida no sean tan grata. Un peso muerto que nos atamos a los pies y nos hunde de manera sibilina en aguas mucho más oscuras y frías.
Debemos no sólo ponernos en el lugar de los demás, sino también en el de nosotros mismos en un pasado más o menos lejano. Se pide no juzgar a los demás sin entender su punto de vista y sus condicionantes. Pues bien, del mismo modo, debemos pedirnos no juzgarnos a nosotros mismos pasados unos años, con los conocimientos y recursos actuales. No es justo, ni es de justicia, y todos sabemos que la pena que uno se impone a sí mismo es mucho más severa que la que impondríamos a cualquier otra persona.


  • 0

LA TRAMPA DE LA SOLUCIÓN

Tags : 

Cada segundo se diagnostican millones de trastornos psiquiátricos: trastornos ansioso depresivo, depresión, trastorno limite, anorexia, trastorno bipolar….y un largo etcétera. Ante esos diagnósticos, se reacciona etiquetando al paciente o cliente, según la orientación del susodicho profesional, y recetándole mil medicamentos o echando mano de la cantidad de tratamientos psicológicos eficaces propios del mal que se haya descubierto. Y ahí….en ese momento, la persona se siente enferma, diferente al resto y encorsetada ante la sociedad en un problema que no solo lo estigmatiza, sino que también a veces le cierra puertas y oportunidades en su vida.

Porque tener un trastorno o problema psicológico es un drama. Un peregrinar entre psicólogo y psiquiatra, dado la gravedad estimada, y tomar un sinfín de pastillas para anestesiar un cerebro que a priori funciona mal. Acudir semanalmente a terapia, ocultar el que va a un psicólogo y el que se necesita ayuda. Y todo esto, en realidad, a veces genera aún más estrés y más fobia social, genera un rechazo de la persona hacia ella misma por sentirse incapaz de salir de esta, por ser tratada a veces de forma impersonal y fría, por sentirse incomprendida e incapaz. Y esas pastillas, que algunos han llegado a llamar las pastillitas de la felicidad, anestesian el alma, los sentimientos y emociones y reprimen los derechos más humanos que tenemos…el derecho a sufrir, a llorar y a aprender a gestionar eso.

Sin duda estamos ante una era extraña. No es problema nuestro el estar mal. Hay profesionales que culpan a las ondas cerebrales que no se ajustan a la realidad, o que no tienen la suficiente fuerza y mandan ejercicios con cables muy sofisticados mientras el paciente en este caso, nunca mejor dicho porque no hace nada, se sienta a trabajar su problema mediante electro estimulación. Nuestro problema es que nos falta serotonina, nos sobra noradrenalina o la corteza prefontal cingulada está menos desarrollada. Y mediante palabras y técnicas muy llamativas, trabajamos un problema que no es nuestro…es de nuestro cerebro.

Y así…de golpe y porrazo, volvemos a ser reduccionistas, volvemos al cerebro, esta vez no a tocar sus protuberancias en la cabeza para detectar bultos extraños que indiquen casi sin la menor duda que esa persona tiene algo raro…sino más allá. Porque somos más avanzados y ya no nos centramos en lo superficial si no vamos al origen…al interior del cerebro y ver allí sus protuberancias. Y regresamos al eterno debate de si el cerebro nos controla o lo controlamos a él. Y mientras, la persona que se siente mal, que necesita ayuda porque no sabe atajar su problema, su vida, su dolor, se siente cual conejillo de indias mientras investigan y le miran su interior…detectando ondas cerebrales incorrectas.

Estamos en la era de trabajar la atención mediante técnicas novedosas, de trabajar los distintos problemas usando medicamentos de tercera generación, de mejorar la inteligencia manipulando directamente el origen de ésta, de anestesiar las emociones.

Y me pregunto: en todo esto, ¿Dónde queda el ser? ¿Dónde queda nuestra parte humana? ¿La conciencia? ¿La culpa? ¿Las emociones? ¿El amor, el luto, la impotencia, el miedo? Todo se reduce a algo….¿eléctrico?

Cuando trabajas con una persona que ha decidido acabar con su sufrimiento, esa persona no te confía su cerebro, te confía algo que no se ve aun…mediante las tecnologías actuales. Te confía lo que piensa, lo que siente, lo que ha vivido y lo que ha perdido, sus metas y sus logros, sus fracasos. Busca a alguien que lo escuche, que lo oriente, que no lo juzgue o lo estigmatice como enfermo mental, busca sentir seguridad, busca llorar sin que la sociedad le diga que llorar es malo, busca una manera de enfrentarse a problemas que a lo mejor jamás ha sabido gestionar. Busca a otra conciencia humana, busca empatía. Y el hecho de sentarse y sentirse seguro, hace que sus ondas cerebrales ya cambien. El empezar a hablar hace que la atención se focalice, el llorar o reír hace que el lóbulo frontal trabaje. Una persona que cambia sus pensamientos, que empieza a ver la vida de otro color, una persona que se autogestiona, que sabe qué hacer si le vuelve a pasar, una persona que ve que el profesional que lo ayuda no pretende cambiarlo, si no mejorar lo que es, que solo va a trabajar en aquello que esa persona demande porque al fin y al cabo, ¿quiénes somos nosotros para decir que alguien es normal o no? ¿Qué sabemos nosotros de la normalidad si la sociedad es cambiante, aparecen y desaparecen trastornos, cambian las teorías…pero las personas siguen sufriendo? ¿Quiénes creemos que somos los profesionales para decidir sobre la persona que nos abre su alma que vamos a transformarlo en otro?

Cuando alguien entra en mi consulta, me quito los prejuicios. Ya no soy yo ,soy una persona libre de prejuicios y de moral y ética. Solo escucho…y pregunto. Y veo la necesidad. Y ayudo a gestionar la incapacidad que esa persona me manifiesta tener, o le enseño cómo llevar mejor un fracaso para los siguientes que van a venir, porque la vida es inesperada. Escucho que es aquello que le hace sentirse mal y por supuesto enseño que vivir en sociedad es respetar. Tanto al otro, como a uno mismo. Y que la libertad siempre y cuando no dañes al otro, es un derecho inamovible de todos los seres humanos. Y aprendo de cada persona que me necesita. Aprendo más que en cualquier máster o curso.

Porque no me gustaría crear una sociedad de perfectos seres humanos según me dicta la norma del siglo que nos ocupa, porque es una falacia más. No quiero seres pragmáticos y fríos que mantengan sus emociones a raya para que la depresión no llegue.

Quiero ayudar a las personas a que sean libres, a que estén locas, y lloren y rían y hagan cosas inesperadas y disfruten de la vida. Y amen con locura y con cordura, a ellos mismos…y si les queda amor al resto. Quiero ayudar a que la gente ría, a que la agente se atreva y sea valiente porque el fracaso no da miedo, da miedo el hastío de una vida llena de medicamentos que paralizan nuestras emociones y nos hacen estar aturdidos. Da miedo no ser capaz de vivir, de perder el tiempo, porque éste no se recupera.

Me gustaría dar alas, enseñar a volar, enseñar a valorar la libertad y a usarla para ser felices, independientemente de que eso a veces, nos haga sufrir. Porque solo tras un invierno de lluvia y tormenta aparecen las más bellas y únicas flores.


  • 0

SOBRE REFRANES Y DICHOS POPULARES

Tags : 

De todos es bien sabido que el refranero popular de cada cultura aporta un grado de experiencia que da explicación y sentido a muchas situaciones que acaecen durante nuestro día a día cotidiano. Sin embargo, algunos de ellos están anclados en un pasado no tan reciente que esconde de una manera sutil valores y creencias que servían para marcar estereotipos y mantener un cierto orden social, político y cultural.

Durante los años de experiencia en terapia, he podido contemplar cómo uno de ellos se repite machaconamente entre los vértices de nuestros esquemas cognitivos y modulan el comportamiento  presente y futuro. Me refiero al célebremente conocido y aceptado “Mejor lo malo conocido, que lo bueno por conocer”.

Relacionándolo con la psicología, este refrán popular nos insta a mantenernos en la denominada “Zona de Confort”. Esta región es única de cada ser humano, destinada a otorgar una comodidad más o menos ficticia a cada individuo. Si analizamos el dicho, nos apremia a quedarnos en el lugar en el que nos encontramos, en cualquier ámbito de nuestra vida: da igual tu trabajo, no cambies, cualquier cambio puede ser peor; aguanta a tu pareja, imagínate si ésta es mala, cómo será la siguiente; no protestes contra las injusticias o irá a peor.

Son pequeños ejemplos de cómo un simple refrán esconde una peligrosidad para la salud mental. Si estás depresivo o ansioso, sometido a un estrés en el trabajo constante o a un maltrato psicológico o físico por parte de tu pareja, no te atrevas a dar ese paso hacia adelante que pueda ofrecerte un cambio que sin duda necesitas. Quédate donde estás que, al menos, es lo que conoces y controlas.

Y es ese miedo a lo desconocido, a lo que creemos incontrolable y por ende dañino, lo que nutre la entidad del dicho que estamos analizando. Son muchos los pacientes que aun sin saberlo, siguen a rajatabla el mensaje del refrán, quedándose en un plano emocional conocido y sin la lógica, la valentía y la motivación para cambiar las cosas. De este modo la persona se queda inmóvil, esperando que algo ocurra que le empuje a salir de una zona controlada pero disfuncional.

Por poner una metáfora: es como vivir dentro de una burbuja, sin poder tocar nada, oler nada, sentir nada ni interactuar con nada. Sólo observar lo bonito del exterior, las risas de los demás, lo bonito del mundo. Estar en una zona de confort donde creer que nada de fuera puede dañarte, pero sin darse cuenta de que el daño es intrínseco a la persona y a su conducta.

Por supuesto, si esa zona de confort es positiva, donde el individuo se encuentre bien y feliz, no aplica ni el refrán ni lo escrito anteriormente. Cada uno percibe el bienestar de manera diferente, y no seré yo quien se atreva a crear un axioma sobre lo que debe ser la felicidad para cada persona.

Para terminar, y como contrapunto a este refrán que yo percibo como nocivo en la mayoría de las ocasiones, quiero dejar constancia de otra cita relacionada con este tema: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes” (atribuida a Rita Mae Brown).


  • 0

EL LASTRE DEL “LOQUERO” Y LA PREVENCIÓN

Tags : 

Incluso los amigos más allegados a mí me llaman de vez en cuando “loquero”. El estigma que ha caracterizado al psicólogo y que le ha hecho arrastrar una etiqueta convertida en tabú a través de décadas de un mal empleo de la palabra, ha tenido y tiene efectos muy perjudiciales para los propios pacientes.

Siempre me ha llamado la atención la diferenciación tan radical entre Psicología y psicólogo. La primera como ciencia está bien vista, relacionada con una buena salud mental, concepto al que se le ortorga gran relevancia en la vida global de una persona. Sin embargo, el psicólogo está visto como un curador de locos, una especie de chamán que emplea la palabra –aunque cada vez se añaden más herramientas como el biofeedback, la respiración controlada, el uso de imágenes- para conseguir una especie de curación milagrosa.

Desglosemos brevemente dos de los errores, sesgos y estereotipos que acompañan al psicólogo y que repercuten en la imagen que se tiene de su profesión.

El psicólogo trata locos. La afirmación más dura y errónea de todas las que se escuchan de manera cotidiana. La locura como definición más sencilla es la privación del uso de la razón y el buen juicio. En la actualidad se suele utilizar para los casos más graves del trastorno esquizofrénico y de algunos pacientes que padecen trastorno bipolar. Lo que yo me he encontrado en un 99% de las ocasiones son pacientes con un funcionamiento desadaptativo, con una dificultad para el afrontamiento de las demandas de su entorno. Los problemas de orden neurótico tales como la ansiedad en todas sus variantes o la depresión, no entran dentro de esa definición general de locura. El psicólogo no trata locos, sino personas con un comportamiento disfuncional que necesitan ayuda para lograr una buena salud mental y una correcta interacción con su entorno.

No creo en el psicólogo. Partiendo de la base de que puedo llegar a entender el escepticismo debido al gran número de orientaciones y a la importantísima parte personal y subjetiva que influye en la terapia, quiero recordar que la psicología es una ciencia. La experimentación es exhaustiva y muy controlada, y los efectos de las técnicas han sido comprobados con éxito en multitud de ocasiones. Ésta es una cuestión de gran relevancia, pues el modo de afrontamiento de las consultas por parte del paciente marca en gran medida la efectividad de la terapia. Si la actitud es de rechazo hacia el psicólogo y su labor, los efectos de la dinámica y las técnicas se verán disminuidos considerablemente. La psicología es una CIENCIA de la salud, demostrada y demostrable, con leyes y fundamentos teórico-prácticos.

Son dos de las frases más repetidas entre la población, lo que hace más complicado para la persona recurrir a un especialista para pedir ayuda. Es como si a un peso muerto le ayudaras a hundirse colocándole dos bolas de plomo en los tobillos. Sin duda abogo por la normalización del psicólogo y el respeto de una profesión tan antigua que no estaba ni etiquetada hasta hace un par de siglos.

Ahora bien, unamos estos problemas y tabús a algo mucho más acuciante: la necesidad de una psicología preventiva. La gran mayoría de las ciencias, especialmente las relacionadas con la salud física, se plantean tanto desde una perspectiva preventiva como una paliativa. Las mujeres acuden al ginecólogo y se hacen la prueba de mamografía una vez al año, para controlar la posibilidad de ocurrencia de un tumor. Revisiones dentales son muy recomendables cada cierto tiempo, para comprobar si hay infecciones, caries o simplemente para realizar una limpieza y blanqueamiento. Debemos realizarnos analíticas de sangre de manera regular, para mantener un control de todas las variables que puedan arrojar luz de algún problema en el organismo.

Todo eso es perfecto, recomendable y bien visto. ¿Acaso la salud mental es menos importante? Recordemos que no sólo los problemas psicológicos afectan a la vida social, emocional y cognitiva de la persona, sino que repercuten en la disminución de la resistencia del sistema inmunológico del individuo. Para ser claros con un ejemplo: a más estrés, más posibilidades de contraer una enfermedad. Por eso son tan importantes las herramientas para poder gestionar situaciones estresantes, para afrontar problemas cotidianos que parecen sobrepasar nuestros recursos, para hacer que nuestro día a día sea más funcional y nos aporte una salud mental óptima.

¿Acaso no acudimos al especialista si notamos un pequeño dolor, un pinchazo en una pierna, una diarrea abundante? Y yo me pregunto, ¿no sería lógico acudir a un psicólogo alguna vez si llevamos una temporada sobrepasados, si nuestro trabajo nos exige más de lo que podemos soportar, si nos cuesta levantarnos de la cama desde hace tiempo o si sufro algunos síntomas de ansiedad al conducir?

A mi consulta acceden pacientes de todo tipo y con toda clase de problemáticas. Pero en lo que suelen coincidir es en el enorme tiempo que llevan acarreando esos problemas. “Me pasa desde hace 5 años”, “Lo sufro desde hace 15 años” o “no recuerdo cuándo empecé a estar mal” son frases demasiado comunes.

Comparémoslo con una enfermedad terminal. Un cáncer detectado con tiempo aumenta exponencialmente la posibilidad de recuperación. Cuanto antes se detecte mejor para la persona porque podrá ser curado con una mejor previsión y una duración de tratamiento sensiblemente menor. En los problemas psicológicos, cuanto más tiempo se demore en acudir a un especialista, más complejo será el tratamiento y requerirá mucho más esfuerzo por parte del paciente y del terapeuta. Las pautas disfuncionales y desadaptativas que perjudican nuestro desempeño diario se anclan con fuerza en los repertorios básicos de conducta de cada persona, modificando los esquemas cognitivos y consolidando comportamientos que hacen que la persona se encuentre cada vez peor.

Llevo luchando para conseguir una psicología preventiva en los institutos y colegios, ya sea en forma de talleres o de asignatura. Pero no me refiero a conocer la Historia de la Psicología, sino a enseñar las técnicas y herramientas que aumenten los recursos de la persona ante las demandas cada vez más exigentes del medio. Creo que se reduciría de manera notoria el malestar que sufrimos en varias etapas de nuestra vida y se podría conocer los límites de nuestro cerebro, buscando una ayuda tan necesaria para la salud personal como la que pueda ofrecer un médico.


www.000webhost.com