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SOBRE REFRANES Y DICHOS POPULARES

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De todos es bien sabido que el refranero popular de cada cultura aporta un grado de experiencia que da explicación y sentido a muchas situaciones que acaecen durante nuestro día a día cotidiano. Sin embargo, algunos de ellos están anclados en un pasado no tan reciente que esconde de una manera sutil valores y creencias que servían para marcar estereotipos y mantener un cierto orden social, político y cultural.

Durante los años de experiencia en terapia, he podido contemplar cómo uno de ellos se repite machaconamente entre los vértices de nuestros esquemas cognitivos y modulan el comportamiento  presente y futuro. Me refiero al célebremente conocido y aceptado “Mejor lo malo conocido, que lo bueno por conocer”.

Relacionándolo con la psicología, este refrán popular nos insta a mantenernos en la denominada “Zona de Confort”. Esta región es única de cada ser humano, destinada a otorgar una comodidad más o menos ficticia a cada individuo. Si analizamos el dicho, nos apremia a quedarnos en el lugar en el que nos encontramos, en cualquier ámbito de nuestra vida: da igual tu trabajo, no cambies, cualquier cambio puede ser peor; aguanta a tu pareja, imagínate si ésta es mala, cómo será la siguiente; no protestes contra las injusticias o irá a peor.

Son pequeños ejemplos de cómo un simple refrán esconde una peligrosidad para la salud mental. Si estás depresivo o ansioso, sometido a un estrés en el trabajo constante o a un maltrato psicológico o físico por parte de tu pareja, no te atrevas a dar ese paso hacia adelante que pueda ofrecerte un cambio que sin duda necesitas. Quédate donde estás que, al menos, es lo que conoces y controlas.

Y es ese miedo a lo desconocido, a lo que creemos incontrolable y por ende dañino, lo que nutre la entidad del dicho que estamos analizando. Son muchos los pacientes que aun sin saberlo, siguen a rajatabla el mensaje del refrán, quedándose en un plano emocional conocido y sin la lógica, la valentía y la motivación para cambiar las cosas. De este modo la persona se queda inmóvil, esperando que algo ocurra que le empuje a salir de una zona controlada pero disfuncional.

Por poner una metáfora: es como vivir dentro de una burbuja, sin poder tocar nada, oler nada, sentir nada ni interactuar con nada. Sólo observar lo bonito del exterior, las risas de los demás, lo bonito del mundo. Estar en una zona de confort donde creer que nada de fuera puede dañarte, pero sin darse cuenta de que el daño es intrínseco a la persona y a su conducta.

Por supuesto, si esa zona de confort es positiva, donde el individuo se encuentre bien y feliz, no aplica ni el refrán ni lo escrito anteriormente. Cada uno percibe el bienestar de manera diferente, y no seré yo quien se atreva a crear un axioma sobre lo que debe ser la felicidad para cada persona.

Para terminar, y como contrapunto a este refrán que yo percibo como nocivo en la mayoría de las ocasiones, quiero dejar constancia de otra cita relacionada con este tema: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes” (atribuida a Rita Mae Brown).


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EL LASTRE DEL “LOQUERO” Y LA PREVENCIÓN

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Incluso los amigos más allegados a mí me llaman de vez en cuando “loquero”. El estigma que ha caracterizado al psicólogo y que le ha hecho arrastrar una etiqueta convertida en tabú a través de décadas de un mal empleo de la palabra, ha tenido y tiene efectos muy perjudiciales para los propios pacientes.

Siempre me ha llamado la atención la diferenciación tan radical entre Psicología y psicólogo. La primera como ciencia está bien vista, relacionada con una buena salud mental, concepto al que se le ortorga gran relevancia en la vida global de una persona. Sin embargo, el psicólogo está visto como un curador de locos, una especie de chamán que emplea la palabra –aunque cada vez se añaden más herramientas como el biofeedback, la respiración controlada, el uso de imágenes- para conseguir una especie de curación milagrosa.

Desglosemos brevemente dos de los errores, sesgos y estereotipos que acompañan al psicólogo y que repercuten en la imagen que se tiene de su profesión.

El psicólogo trata locos. La afirmación más dura y errónea de todas las que se escuchan de manera cotidiana. La locura como definición más sencilla es la privación del uso de la razón y el buen juicio. En la actualidad se suele utilizar para los casos más graves del trastorno esquizofrénico y de algunos pacientes que padecen trastorno bipolar. Lo que yo me he encontrado en un 99% de las ocasiones son pacientes con un funcionamiento desadaptativo, con una dificultad para el afrontamiento de las demandas de su entorno. Los problemas de orden neurótico tales como la ansiedad en todas sus variantes o la depresión, no entran dentro de esa definición general de locura. El psicólogo no trata locos, sino personas con un comportamiento disfuncional que necesitan ayuda para lograr una buena salud mental y una correcta interacción con su entorno.

No creo en el psicólogo. Partiendo de la base de que puedo llegar a entender el escepticismo debido al gran número de orientaciones y a la importantísima parte personal y subjetiva que influye en la terapia, quiero recordar que la psicología es una ciencia. La experimentación es exhaustiva y muy controlada, y los efectos de las técnicas han sido comprobados con éxito en multitud de ocasiones. Ésta es una cuestión de gran relevancia, pues el modo de afrontamiento de las consultas por parte del paciente marca en gran medida la efectividad de la terapia. Si la actitud es de rechazo hacia el psicólogo y su labor, los efectos de la dinámica y las técnicas se verán disminuidos considerablemente. La psicología es una CIENCIA de la salud, demostrada y demostrable, con leyes y fundamentos teórico-prácticos.

Son dos de las frases más repetidas entre la población, lo que hace más complicado para la persona recurrir a un especialista para pedir ayuda. Es como si a un peso muerto le ayudaras a hundirse colocándole dos bolas de plomo en los tobillos. Sin duda abogo por la normalización del psicólogo y el respeto de una profesión tan antigua que no estaba ni etiquetada hasta hace un par de siglos.

Ahora bien, unamos estos problemas y tabús a algo mucho más acuciante: la necesidad de una psicología preventiva. La gran mayoría de las ciencias, especialmente las relacionadas con la salud física, se plantean tanto desde una perspectiva preventiva como una paliativa. Las mujeres acuden al ginecólogo y se hacen la prueba de mamografía una vez al año, para controlar la posibilidad de ocurrencia de un tumor. Revisiones dentales son muy recomendables cada cierto tiempo, para comprobar si hay infecciones, caries o simplemente para realizar una limpieza y blanqueamiento. Debemos realizarnos analíticas de sangre de manera regular, para mantener un control de todas las variables que puedan arrojar luz de algún problema en el organismo.

Todo eso es perfecto, recomendable y bien visto. ¿Acaso la salud mental es menos importante? Recordemos que no sólo los problemas psicológicos afectan a la vida social, emocional y cognitiva de la persona, sino que repercuten en la disminución de la resistencia del sistema inmunológico del individuo. Para ser claros con un ejemplo: a más estrés, más posibilidades de contraer una enfermedad. Por eso son tan importantes las herramientas para poder gestionar situaciones estresantes, para afrontar problemas cotidianos que parecen sobrepasar nuestros recursos, para hacer que nuestro día a día sea más funcional y nos aporte una salud mental óptima.

¿Acaso no acudimos al especialista si notamos un pequeño dolor, un pinchazo en una pierna, una diarrea abundante? Y yo me pregunto, ¿no sería lógico acudir a un psicólogo alguna vez si llevamos una temporada sobrepasados, si nuestro trabajo nos exige más de lo que podemos soportar, si nos cuesta levantarnos de la cama desde hace tiempo o si sufro algunos síntomas de ansiedad al conducir?

A mi consulta acceden pacientes de todo tipo y con toda clase de problemáticas. Pero en lo que suelen coincidir es en el enorme tiempo que llevan acarreando esos problemas. “Me pasa desde hace 5 años”, “Lo sufro desde hace 15 años” o “no recuerdo cuándo empecé a estar mal” son frases demasiado comunes.

Comparémoslo con una enfermedad terminal. Un cáncer detectado con tiempo aumenta exponencialmente la posibilidad de recuperación. Cuanto antes se detecte mejor para la persona porque podrá ser curado con una mejor previsión y una duración de tratamiento sensiblemente menor. En los problemas psicológicos, cuanto más tiempo se demore en acudir a un especialista, más complejo será el tratamiento y requerirá mucho más esfuerzo por parte del paciente y del terapeuta. Las pautas disfuncionales y desadaptativas que perjudican nuestro desempeño diario se anclan con fuerza en los repertorios básicos de conducta de cada persona, modificando los esquemas cognitivos y consolidando comportamientos que hacen que la persona se encuentre cada vez peor.

Llevo luchando para conseguir una psicología preventiva en los institutos y colegios, ya sea en forma de talleres o de asignatura. Pero no me refiero a conocer la Historia de la Psicología, sino a enseñar las técnicas y herramientas que aumenten los recursos de la persona ante las demandas cada vez más exigentes del medio. Creo que se reduciría de manera notoria el malestar que sufrimos en varias etapas de nuestra vida y se podría conocer los límites de nuestro cerebro, buscando una ayuda tan necesaria para la salud personal como la que pueda ofrecer un médico.